Opinión

“Nosotras parimos a nuestros hijos, y ellos nos parieron a nosotras”

Se cumplen 43 años del comienzo del último golpe de Estado en Argentina.

El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyadas por sectores sociales y económicos poderosos, dieron un golpe de Estado. Cerraron el congreso, bajaron los salarios, eliminaron el derecho a huelga, suspendieron cualquier forma de protesta, censuraron a los periodistas, prohibieron libros, canciones y películas.

El método de gobierno desplegado estuvo caracterizado por el ejercicio del terror. Miles de personas fueron perseguidas, encarceladas, asesinadas y desaparecidas por razones políticas. La mayoría de los crímenes fueron cometidos en condiciones de clandestinidad e ilegalidad que favorecían su ocultamiento, por esa razón a sus víctimas se las comenzó a conocer como “desaparecidos”.

Durante el Proceso de reorganización nacional, así llamado por sus ideólogos, los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, con similares formas de secuestro e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio nacional. Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados como sospechosos, otras en plena calle y a la luz del día, secuestros dentro de casas particulares, en lugares de estudios.

De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de ser humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría fantasmal: la de los Desaparecidos. Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a esos interrogantes: las autoridades militares no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía. En torno de ellos crecía un gran silencio. Nunca un secuestrador arrestado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbre y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inútiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien le recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.

Fuente: CONADEP

Desde el momento del secuestro la victima perdía todos sus derechos, sometidos a suplicios infernales, que en la mayoría de los casos terminaban con la vida del secuestrado/a.

En cuanto a la gran masa de la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: “por algo será”, se murmuraba en voz baja.
En el delirio encabezado por calificaciones como ”marxismo-leninismo”, “apátridas”, “ateos”, “enemigos de los valores occidentales y cristianos”, todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución hasta adolescentes sensibles que iban a villas miseria para ayudar a sus habitantes. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por mejoras salariales, jóvenes que participaban en centros estudiantiles, periodistas no adeptos al régimen, monjas y sacerdotes que habían llevado la enseñanza de Cristo a barriadas populares.

En todos los golpes militares (el de 1930 contra Yrigoyen, el de 1955 contra el General Perón, el de 1962 contra Frondizi, el de 1966 contra Illia) existieron sectores que dieron su apoyo, más o menos explícito; en la noche del golpe militar de 1976 en Buenos Aires, la Plaza de Mayo estuvo completamente desolada. No hubo movilizaciones y mucho menos señales multitudinarias de adhesión al golpe. Sin embargo, muchísimos argentinos y argentinas en el ámbito privado aceptaron el hecho como una “solución” a la crisis de gobernabilidad.

Sectores de alto poder económico, como lo prueba la fuerte suba de las acciones en la Bolsa de Comercio el día después del derrocamiento de Isabel Perón. La sociedad Rural Argentina también manifestó su apoyo. Entre los partidos políticos tradicionales, la respuesta osciló entre el silencio, la aceptación de la situación como si fuera la única opción posible y el apoyo directo. Los sectores de mayor jerarquía de la Iglesia católica dieron su aval la noche previa al golpe en una reunión secreta con la cúpula militar. Y los medios masivos de comunicación proporcionaron una interpretación auspiciosa de la situación.

Ejemplos de apoyo al régimen fueron la tienda “Harrods”, que sacó un solicitada a la población diciendo “la gran tienda argentina adhiere al Gran Momento Nacional”; el diario “La Opinión” el 14 de octubre de 1977 publicó “Unámonos … y no seremos bocado de la subversión”; ADEBA (Asociación de Bancos Argentinos) sacó una solicitada un año después de ya instaurado el régimen militar en el poder “El pronunciamiento militar del 24 de marzo de 1976 significo, ante todo, la inevitable asunción del poder por un gobierno con autoridad. Además, implicó una convocatoria a las fuerzas sanas del país para rescatarlo del caos en que se encontraba (…)”. La Sociedad Rural Argentina, comunicaba al país en el primer aniversario del golpe “Fue en tan graves circunstancias que las Fuerzas Armadas tomaron las riendas del país con patriótico empeño, para evitar su desarticulación total (…)”. El diario Clarín con su famosa tapa, avisando con entusiasmo a la población horas después de que la cúpula militar tomara por asalto el poder: “Nuevo gobierno”.

No solo parte de la sociedad apoyó el poder militar. La Doctrina de Seguridad Nacional, nombre que tuvo la estrategia represiva elaborada por Estados Unidos para desarrollar la “guerra interna” a la “invasión” comunista en países extranjeros, fue adoptada por los militares argentinos. El país del norte apoyó militarmente, económicamente y diplomáticamente a la Junta Militar.

El objetivo militar no era solo el disciplinamiento social, buscaban una transformación de la estructura económica. Esta implicó la desarticulación y liquidación de la pequeña y mediana industria en favor de los sectores exportadores agropecuarios e industriales nucleados en torno a los grandes grupos económicos y, especialmente, a los sectores financiero/especulativos. La apertura de la economía, terminó afectando directamente a la industria nacional frente a la competencia de los productos importados. La deuda externa durante la dictadura aumentó de 8.000 millones a 43.000 millones de dólares, en 1882, el entonces Presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, estatizó la deuda externa privada, beneficiando entre otros grupos de empresarios, al Grupo Macri.

Las terribles consecuencias del Proceso Militar siguen hasta nuestros días, cientos de hombres y mujeres continúan desaparecidas, cientos de abuelas continúan buscando a sus nietos y nietas para devolverle su verdadera identidad. La fragmentación social producida por el modelo económico neoliberal implementado desde 1976 trae hasta la actualidad sus consecuencias.

Hoy a 43 años del último golpe cívico-militar, los argentinos y las argentinas debemos levantar en alto los pañuelos blancos de la dignidad y la lucha por una Argentina más justa, más libre e independiente.
Solo la memoria, la lucha ciudadana por la verdad y la justicia puede reparar esas consecuencias.
Las Madres de la Plaza sostienen “nosotras parimos a nuestros hijos y ellos nos parieron a nosotras”.

Que sigan naciendo en la Argentina ciudadanos y ciudadanas de pañuelo blanco.

 

Por Hernán Asturiano.

Noticias relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *