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Comienza a decidirse el futuro de Brasil

 

Hace cuatro años, en el 2014, fue reelegida por el pueblo brasileño la candidata a presidente por el Partido de los Trabajadores, Dilma Rousseff, derrotando en la segunda vuelta a Aécio Neves del Partido de la Social Democracia Brasileña con el 51.6% de los votos. Rousseff había sido elegida por primera vez en las elecciones de 2010, sucediendo, luego de haber sido su Jefa de Gabinete, a Luiz Inácio Lula da Silva, quien estuvo en el cargo desde 2003 hasta 2011.

El 31 de agosto de 2016, tras el impeachment que derrocó a Rousseff y dejó en el poder a un presidente a quien nadie había votado, la democracia brasileña se vio clausurada. Situación que continúa hasta el día de hoy, siendo que han condenado injustamente y sin pruebas a Lula da Silva, la figura política que, según varias encuestas, contaba con el mayor porcentaje de voluntad de voto: 39% (Datafolha), imposibilitando su candidatura y violentando la esencia misma de la democracia al amputarle al pueblo la posibilidad de darle el voto al candidato con el que se halla más representado y protegido. Tal como señaló Noam Chomsky tras su visita a Lula hace unos meses: “Hay problemas de la democracia en Brasil, problemas contundentes, y no podemos dejar de observar el tema de la persona (Lula) que debería por derecho ser candidato en Brasil”.

Sin Lula como candidato, el tablero quedaría encabezado por el militar ultraderechista y misógino Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal) con un 35% de los votos, que sería derrotado en el ballotage por el candidato designado por Lula, Fernando Haddad (Partido dos Trabalhadores), que en la primera ronda obtendría un 22%. Luego le seguirían Ciro Gómes (Partido Democrátido Trabalhista) con un 11%, Geraldo Alckmin (Partido da Social Democracia Brasileira) con un 8%, y Marina Silva (Rede Sustentabilidade) con un 4%.

Brasil tendrá en esta primera vuelta y en el ocasional -aunque cantado- ballotage la oportunidad de decidir entre un país liderado por un defensor de la desigualdad, la censura, la tortura, la represión, el patriarcado, la xenofobia, la reducción de derechos y la violencia en todas sus expresiones, o un país nuevamente feliz y en manos de aquellos gracias a quienes Brasil, en palabras de Chomsky, se volvió uno de los países más poderosos del mundo.

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